La exclusión digital de los mayores de 55 en Uruguay. Trámites, soledad y soluciones
En un mundo donde los trámites, las comunicaciones y hasta las relaciones sociales migran al entorno digital, una gran parte de la población mayor de 55 años en Uruguay queda en la cuneta. La falta de habilidades tecnológicas, la inseguridad y el miedo a lo desconocido, así como el diseño poco amigable de muchas plataformas los convierten en analfabetos digitales. Esto no solo les dificulta realizar gestiones cotidianas (como un turno médico o un trámite en el BPS), sino que profundiza su aislamiento y falta de propósito vital, al no poder participar de las redes sociales, la reinserción laboral y la comunicación instantánea.
La sociedad uruguaya avanza a toda máquina hacia la digitalización, dejando en la estación a un sector importante de su población: los mayores. La inclusión digital para adultos mayores ha dejado de ser un lujo para convertirse en una necesidad básica. El propio Estado impulsa esta transformación: la Ventanilla Única Mides-BPS, por ejemplo, agiliza trámites, pero presupone un cierto conocimiento del sistema o la posibilidad de acercarse a las oficinas. Para un adulto mayor que vive en el interior, con dificultades de movilidad y sin manejo de la web, acceder a estos beneficios puede convertirse en una misión imposible.
La brecha digital en la tercera edad es mucho más que no saber usar un smartphone. Es no poder pedir un turno en la mutualista por internet, no entender el extracto de la jubilación en la aplicación del BPS, o no poder realizar una videollamada con un nieto que vive en el exterior. Esta exclusión tecnológica alimenta el círculo vicioso del aislamiento. El sentimiento de "no estar a la altura" de los tiempos, de depender siempre de un hijo o un vecino para lo más mínimo, erosiona la autoestima y la autonomía de las personas mayores. Se sienten extranjeros en su propio mundo.
Existe, además, una dimensión generacional y de género en este problema. Las mujeres mayores, que en muchos casos se dedicaron al hogar y tuvieron menor exposición al mundo laboral y tecnológico, pueden enfrentar barreras adicionales. Los varones, por su parte, pueden tener una falsa sensación de seguridad que los lleva a cometer errores o a ser víctimas de estafas virtuales, un flagelo que también afecta a este grupo.
Cerrar la brecha requiere políticas activas y empáticas. No se trata de cursos intensivos de informática, sino de programas de capacitación tecnológica para mayores que sean lentos, personalizados y que partan de sus intereses concretos: aprender a usar WhatsApp para hablar con la familia, a sacar turnos en la salud, o a realizar compras en línea. Iniciativas como las del Plan Ibirapitá, que entregó tablets a jubilados, deben ir acompañadas de un soporte pedagógico continuo. La tecnología debe ser un puente de inclusión, no un muro de exclusión para los adultos mayores en Uruguay.
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