Violencia y abuso intrafamiliar. El maltrato escondido en casas uruguayas
El hogar, que debería ser el espacio más seguro, se convierte en el principal foco de violencia para muchos adultos mayores en Uruguay. Datos oficiales del Instituto Nacional de las Personas Mayores son contundentes: más de la mitad de las agresiones (56,9%) son perpetradas por los hijos o hijas. El maltrato, que puede ser físico, psicológico, económico o por negligencia, tiene rostro de mujer, ya que el 82,8% de las víctimas atendidas son mujeres.
Cuando hablamos de maltrato a adultos mayores, el imaginario colectivo suele apuntar a instituciones geriátricas deficientes o a robos en la vía pública. La realidad, sin embargo, es mucho más cruel y cercana: ocurre puertas adentro. El Servicio de Atención a Personas Mayores en Situación de Abuso y/o Maltrato de Inmayores presenta una radiografía social devastadora. En 2024, el 56,9% de las personas fueron víctimas de sus propios hijos o hijas, y un 7,5% de sus nietos . El abuso económico, el psicológico y la negligencia son moneda corriente en dinámicas familiares disfuncionales.
La violencia hacia los ancianos se manifiesta de múltiples maneras, a menudo naturalizadas por patrones culturales. Puede ser el hijo que se apropia de la jubilación de su madre con la excusa de "administrarle los gastos" (violencia patrimonial), la hija que la descalifica constantemente llamándola "vieja inútil" (violencia psicológica), o el familiar que la deja sin la medicación necesaria (negligencia). Los datos de Inmayores confirman una "feminización de las personas mayores violentadas", donde las mujeres, además de vivir más, son más vulnerables a estos abusos debido a roles históricos de sumisión y dependencia económica. Son ellas quienes, a menudo, soportan en silencio estas agresiones por miedo, vergüenza o por no "romper" la familia.
La violencia intrafamiliar en la vejez plantea un desafío complejo para las políticas públicas. No basta con abrir una línea de denuncia; se requiere intervenir en dinámicas familiares arraigadas, donde el agresor es a su vez un ser querido del que la víctima depende emocional y a veces económicamente. La situación se agrava en contextos de "sobreenvejecimiento", donde personas muy longevas con altos niveles de dependencia conviven con hijos también mayores, con recursos limitados y altos niveles de estrés.
Erradicar el abuso y maltrato en la vejez exige un cambio cultural profundo. Las campañas de visibilización, como las que realiza Inmayores, son clave para que las víctimas y quienes las rodean identifiquen estas conductas como lo que son: una grave vulneración de derechos humanos. Es imperativo fortalecer los servicios de asesoramiento legal y apoyo psicológico, así como promover figuras como la del geriatra o trabajador social que, en su visita domiciliaria, puedan detectar señales de alarma y activar los protocolos de protección. Denunciar el maltrato a personas mayores es el primer paso para devolverles la dignidad.
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